El general José Félix Uriburu, primer golpista del siglo XX en Argentina, impulsó un proyecto para reemplazar la democracia representativa por un sistema corporativo similar al de Benito Mussolini en Italia.
El general José Félix Uriburu, quien encabezó el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, primer golpe de Estado del siglo XX en Argentina, tenía un plan definido: reformar la Constitución Nacional para reemplazar el sistema democrático representativo por un sistema corporativo, según declaraciones que él mismo formuló y que fueron registradas por el dirigente nacionalista Ibarguren.
Uriburu expresó: “Mi plan es hacer una revolución verdadera que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la Constitución y evite se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré un motín en beneficio de los políticos para cambiar hombres en el gobierno, sino un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos”.
El sistema corporativo, implementado por Benito Mussolini en Italia, niega la representación proporcional partidaria surgida de elecciones libres y desconoce la importancia de las mayorías. Según este modelo, el parlamento debe ser ocupado por representantes de corporaciones —industria, sindicatos, ejército, Iglesia, campo— sin importar el número de representados. En un parlamento corporativo, los industriales, que pueden ser 3.000, tendrían la misma cantidad de representantes que los trabajadores, que pueden ser 5 millones. Los partidos políticos desaparecen porque se impone un partido único.
A poco menos de un mes de asumir el poder, Uriburu lanzó un manifiesto de contenido corporativista: “…La democracia dejaría de ser una bella palabra solo cuando los legisladores en vez de representar a los partidos políticos, fueran una representación de obreros, ganaderos, agricultores, profesionales, industriales…”.
El general insistió en su proyecto incluso frente a Lisandro de la Torre, quien intentó disuadirlo argumentando que para reformar la Constitución debía reunirse el Congreso con miembros de los partidos tradicionales, que rechazarían el proyecto, y le anticipó su oposición absoluta. La respuesta de Uriburu fue: “Setenta mil legionarios desfilarán por delante del Congreso y le enseñarán lo que debe hacer, y si rechaza la reforma, le demostraré que si hice una revolución de abajo, soy capaz de hacerla de arriba”.
Uriburu justificó su plan con el siguiente argumento: “la democracia la definió Aristóteles diciendo que era el gobierno de los más, ejercido por los mejores… Eso es difícil que suceda en un país en que, como el nuestro, hay un 60% de analfabetos… ese 60% de analfabetos es el que gobierna el país, porque en elecciones legales ellos son una mayoría. Pensad lo que os digo y tened muy presente que esta es la realidad, y si estudiáis la historia de todos los pueblos que han llegado a tener una fisonomía propia en el mundo, veréis que han sido las minorías inteligentes las que han gobernado, las que han llevado a los grandes pueblos a la altura a que llegaron”.
El proyecto de Uriburu encontró resistencia en otro sector militar encabezado por el general Agustín P. Justo y en gran parte de su gabinete, que expresaba la opinión del poder real de la Argentina. Este sector desconfiaba de los resultados de la reforma y entendía que el cambio sería rechazado por las potencias occidentales. Finalmente, el dictador debió retirar su proyecto y llamar a elecciones, que se realizaron con fraude.
