Una invitación a redescubrir la magia del teatro desde los pasadizos secretos y los camerinos del Teatro Nacional Cervantes, donde la imaginación y la historia se encuentran.
Una tarde de domingo, cuando las calles están vacías y las familias disfrutan del sol en los parques, surge el deseo de ir al teatro. No a cualquier teatro, sino a uno con historia y tradición, como el Teatro Nacional Cervantes. Llegar de la mano de un ser querido, entrar por una puerta pequeña y ser recibido por el alma del teatro, un guía que conduce por pasadizos oscuros y secretos hasta el gran camarín de maquillaje.
Allí, entre sombras, cuelgan las vestimentas de todos los personajes que alguna vez cobraron vida en el escenario. El camarín es desmesurado, apenas iluminado, con percheros repletos de ropajes de época, escenografías y decorados. En silencio y con risas sofocadas, el anfitrión, con gesto de arlequín, invita a sentarse frente al espejo. Todo tiene un aire teatral y cursi, pero irresistible, como una película en blanco y negro.
Entonces comienza el teatro de la infancia, ese que se entendía frente al ropero abierto con ropa antigua, donde colgaban abuelos, padres y tíos. Vestirse es revestirse para ser otro, genuinamente otro. Frente al espejo, con pelucas, barbas y bigotazos, se va mudando de edad, condición, profesión y hasta sexo. Sin moverse del taburete, se es todo de un modo sucesivo que parece simultáneo.
Al levantarse, ya se es dos y se es legión. Con togas del siglo XVIII, enamorados en el XIX, espadeando como filibusteros, haciendo reverencias y bailando al ritmo de la música que llega desde las sombras. Todas las ropas, capas y uniformes están disponibles. Así es como se disfruta el teatro: desde la butaca, observando las luces secretas que llevan a los camerinos, invocando al fantasma de la ópera que habita en cada rincón.
