Un análisis sobre el vínculo tóxico que muchos desarrollan con sus dispositivos móviles, donde la conveniencia y el entretenimiento chocan con la necesidad de desconexión.
Confieso que tengo un vínculo tóxico con mi celular. Lo amo, lo necesito, sabe muy bien cómo entretenerme. Incluso, aunque me dé vergüenza confesarlo, a veces siento que le compite bastante a mis vínculos reales. Como que si me estás contando algo que mucho no me interesa, no veo la hora de que la termines porque en el celular tengo cosas mucho más interesantes para ver… Con mis hijos también me siento un poco careta porque cuando los veo hipnotizados mirando el celu y los empiezo a retar con el típico “basta de tanta pantalla, salgan a caminar, basta de dopamina”, después vuelvo a mi pieza, agarro el celu enviciada y scrolleo a lo loco porque es muy adictivo todo lo que tiene para ofrecernos.
Por supuesto que cada tanto, como nos debe pasar a muchas, sueño con irme lejos a un lugar tranquilo, sin wifi, conectar con la naturaleza, volver al saludable hábito de la lectura sin interrupciones… El plan suena perfecto, pero cuando te vas a caminar y te perdés, y extrañás el Google Maps, o querés llegar a algún lugar y no sabés bien cómo, o querés escuchar toda la música que se te cante y no podés, las ganas de despojarte del aparatito empiezan a no ser tan firmes. Sabemos que teniendo a mano el celular con batería y wifi contás para todo eso y mucho más. MUCHO MÁS. Porque el celular es tu entretenedor, tu informante, tu coach, tu asistente financiero.
Y acá un punto clave: desde que existe el tema de la compra online, el consumismo se volvió un peligro, porque una ya no tiene que salir a buscar el producto, ya no es necesario pasar por una vidriera para tentarte con algo. Está todo al alcance de tu mano, todo el tiempo, conoce tus movimientos, sabe todo de vos, hasta cuántos pasos diste en el día. Y sabe perfectamente lo que podés andar buscando. Cosas que tal vez ni vos sabías que querías. Un limpiador de brochas, por ejemplo, me ofreció el algoritmo. Un producto que no estaba entre mis prioridades, ni siquiera sabía que existía tal cosa, pero tampoco me viene mal y además limpiar las brochas es una tarea que no me entusiasma hacer para nada. Igual me quise rescatar y me autodije “¿sabes qué? ¡no lo voy a comprar!”. No sé bien cómo se limpia una brocha, pero hay que ponerle un freno a este consumismo loco, además puedo vivir perfectamente sin un limpiador de brochas.
Pero el algoritmo ya sabe que algo me interesó, no sé si lee el iris o qué, pero lo sabe, entonces el limpia brochas vuelve a aparecer. Quise ser fuerte pero el algoritmo es insistidor. Entonces en una de esas apariciones le hice una captura de pantalla para tener el producto a mano y evaluarlo con más precisión. Y en un momento di un paso más y me compartí el link con el chat conmigo misma porque es cierto que tal vez en algún momento iba a querer comprarlo y no iba a saber bien cómo encontrarlo, y una vez que te compartís el link de algo empieza otra etapa: esa en la que te van a aparecer limpia brochas por abajo de las piedras. Y ese objeto que hasta ahora era absolutamente innecesario en mi vida, pasó a ser un objeto que necesitaba tener. Y un día ocurrió, y quise darle una oportunidad a este producto que tanto me perseguía, y mi lucha contra el capitalismo salvaje empezó a debilitarse con cada aparición hasta que lo compré.
Y cuando logré que esté en mi casa el aparatito, porque no es nada fácil la coordinación entre comprar algo y que haya alguien en la vivienda para recibirlo, sucedió lo típico: no era algo así tan genial como parecía en el videito gancho que hicieron seguramente con IA para que lo compre. Porque en el video el limpiador todo lo hace perfecto y todo queda perfecto, pero sabemos que en la vida real las cosas nunca son así de perfectas. Entonces puede pasar que no lo use nunca, o que cuando lo pruebe no funcione bien, y me reproche que tendría que haber leído mejor los comentarios que advertían que el producto era una porquería.
Reconozco que todo este delirio al que me lleva tener el celular a mano todo el tiempo, me puede: soy la típica que lo agarra inocentemente para responder un mensaje, y veo que justo otra persona me dejó un audio, y de paso ya que estoy le doy una miradita a las redes, y me engancho con una noticia que termina siendo fake news porque ahora se inventa cualquier cosa con tal de retenernos, pero igual entro y leo los comentarios, y me acuerdo que no respondí un audio, pero aprovecho para pagar algo que me olvidé de pagar, y no quiero seguir olvidándome, y ya ni me acuerdo para qué lo había agarrado. El algoritmo sabe que soy así, entonces en Instagram no paran de aparecerme reels y posteos de “cómo vivir con TDAH” que es el trastorno por déficit de atención. Parece que algo de eso debo tener, o todos en este momento con tanto estímulo dando vueltas TODO EL TIEMPO. Y ahora me voy, necesito cortar, desenchufarme un poco, meditar. Obvio que voy a necesitar agarrar el aparatito porque ahí tengo una meditaciones buenísimas, porque sí, yo quisiera no depender tanto de él, pero no puedo…
