Los demócratas recuperan el Senado y la Cámara de Representantes en las elecciones de medio término

El partido Demócrata obtuvo la mayoría en ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos tras los comicios del martes, en los que se renovó un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. La votación se interpretó como un plebiscito sobre la gestión de Donald Trump.

Los demócratas se quedaron con el Senado y la Cámara de Representantes en las elecciones de medio término del martes, que funcionaron como un plebiscito sobre Donald Trump. El partido dio vuelta siete bancas republicanas en la cámara alta y ya superó con holgura los 218 escaños necesarios para la mayoría en la baja.

Es la primera vez en veinte años, desde George W. Bush en 2006, que un presidente republicano se queda sin mayoría en todo el Capitolio. En la tarde del miércoles, los demócratas sumaban 54 senadores, contra 44 republicanos, con Alaska y Mississippi todavía sin definir. Antes de la elección, los republicanos tenían 53 bancas.

La votación canalizó el malestar por la suba de precios, la guerra con Irán y las denuncias de corrupción. La encuesta a votantes de AP indica que alrededor de seis de cada diez desaprueban la gestión de Trump y que unos siete de cada diez quieren que el Congreso ejerza más controles sobre la presidencia.

Senado: victorias en territorio republicano

El mapa del Senado era, en los papeles, adverso para los demócratas: necesitaban sumar al menos cuatro asientos y casi todos estaban en estados donde Trump se impuso en 2024. Terminaron arrebatándoles siete a los republicanos (Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Carolina del Sur, Carolina del Norte y Maine) y retuvieron Michigan, Georgia y New Hampshire. Varias de esas bancas no cambiaban de color desde hacía generaciones: Texas no elegía un senador demócrata desde 1988; Carolina del Sur, desde 1998, y Kansas, desde 1932.

El caso más simbólico es Texas, donde James Talarico, un legislador estatal y seminarista presbiteriano de 37 años, venció a Ken Paxton, el candidato de Trump. “El pueblo de Texas fue mi honda. Y esta noche derrotamos a Goliat”, dijo en Austin. En Maine cayó Susan Collins, la republicana moderada que ocupaba el escaño desde 1997.

Cómo se construyó la ola

En la Cámara baja, a los demócratas les alcanzaba con ganar tres escaños netos y ya les quitaron al menos 25 a los republicanos. Suman 228 bancas, diez por encima de la mayoría, y la cifra seguirá creciendo. Según estimaciones de The New York Times, el partido se encamina a ganar el voto popular nacional para la Cámara por unos 13 puntos, la diferencia más amplia para cualquiera de los dos partidos en medio siglo.

La clave estuvo menos en el mapa que en quiénes fueron a votar. En varios estados, como Texas, la participación se pareció más a la de una elección presidencial. Y los grupos que habían devuelto a Trump a la Casa Blanca giraron con fuerza: frente a 2024, los hombres de 18 a 29 años votaron 38 puntos más a favor de los demócratas; los hispanos, 28, y los hombres negros, 16. En los condados de mayoría blanca y trabajadora, el corazón de la base trumpista, el corrimiento fue de unos 14 puntos.

Las herramientas con las que los republicanos pensaban contener la ola tampoco funcionaron. El rediseño de distritos que Trump impulsó en siete estados para sumar hasta 15 bancas terminó jugando en contra en la mayoría de los casos ya definidos, porque se apoyaba en votantes latinos que esta vez no acompañaron. El dinero no alcanzó: en Texas, una de las contiendas más caras del país, hubo más de 500 millones de dólares en avisos, en su mayoría a favor de Paxton, a quien Elon Musk sostuvo con fuertes aportes.

A eso se sumaron errores propios. En las primarias de Texas y Carolina del Sur, Trump apadrinó a candidatos que resultaron débiles para la elección general, y en Carolina del Norte amenazó con promover un rival interno contra el senador republicano Thom Tillis, que terminó retirándose. Esa banca también quedó en manos demócratas.

Lo que anticipaban las encuestas

Las encuestas finales de The New York Times y el Siena College, completadas el fin de semana previo a la votación, mostraban a los demócratas adelante en las siete carreras que iban a definir el Senado: Michigan, Maine, Texas, Ohio, Kansas, Iowa y Alaska. Cinco de esos estados habían votado por Trump por más de diez puntos. Con esos números, la pregunta no era si habría una ola azul, sino de qué altura.

El escenario más extremo, el de un “tsunami”, suponía triunfos demócratas cómodos en Texas y Kansas, un fuerte vuelco del voto hispano y estados como Carolina del Sur, Florida o Mississippi convertidos en las disputas más reñidas. Un resultado de esa magnitud remitía a 1974, la elección posterior a Watergate y, pese a lo polarizado del país, era lo que los sondeos señalaban como más probable.

El resultado se parece mucho a ese cuadro. Texas, Kansas y Carolina del Sur cambiaron de color, Mississippi quedó al filo y sólo Florida se mantuvo republicana. Los encuestadores temían que se repitiera lo de 2016 y 2020, cuando los sondeos subestimaron a Trump: que muchos republicanos enojados, que decían que votarían a los demócratas, terminaran eligiendo en el cuarto oscuro a su partido de siempre. Eso no pasó.

Hubo, sin embargo, una sorpresa. Se esperaba que Maine tardara días en definirse, por el conteo manual en buena parte del estado y una posible segunda ronda de voto preferencial. Collins, en cambio, reconoció la derrota en la madrugada del miércoles.

Alaska y Mississippi, al filo

Dos carreras siguen abiertas y pueden llevar la mayoría demócrata a 55 o 56. En Mississippi, que Trump ganó por más de 20 puntos y que no elige un senador demócrata desde 1982, el fiscal de distrito demócrata Scott Colom y la senadora republicana Cindy Hyde-Smith quedaron separados por un puñado de votos, con casi todo escrutado. El estado no tiene balotaje en elecciones federales ni recuento automático, aunque los candidatos pueden pedirlo ante un juez.

En Alaska, la demócrata Mary Peltola y el senador republicano Dan Sullivan siguen prácticamente empatados. El resultado final se conocerá recién a mediados de noviembre, cuando terminen de contarse los votos por correo y, si nadie supera el 50%, se aplique el voto preferencial. La disputa tiene además un frente judicial: una investigación del Times reveló que la campaña de Peltola ayudó a reclutar a un segundo candidato llamado Dan Sullivan, y el Departamento de Justicia presentó una demanda que podría reactivarse si la diferencia final es menor que los votos que obtuvo ese homónimo.

Moderados y progresistas: ganaron todos

Antes de la elección, una de las grandes incógnitas era qué Partido Demócrata saldría de las urnas: el de los moderados que salieron a buscar votos en territorio republicano o el del ala progresista, que gana terreno desde la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York. La respuesta fue: ambos. La nueva mayoría en el Senado sumará a progresistas como Abdul El-Sayed, que será el primer musulmán en la cámara e hizo campaña contra el peso del dinero de las corporaciones en la política, y el exdirigente sindical Troy Jackson. Ambos defienden un sistema de salud público y universal, que centristas como Roy Cooper y el pastor metodista Adam Hamilton rechazan. En la Cámara baja entrarán al menos cinco candidatos apoyados por los Socialistas Democráticos de América.

Lo que une a los ganadores pesa más que lo que los separa. Casi todos esquivaron las batallas culturales que alejaron al partido de buena parte del electorado en 2024 y centraron su mensaje en el costo de vida, la guerra con Irán y la corrupción. James Talarico lo resumió en campaña: la grieta no es entre izquierda y derecha, sino entre los de arriba y los de abajo. Pero la elección fue más un rechazo a Trump que un respaldo a los demócratas, cuya imagen sigue tan deteriorada como la de los republicanos.

Esa tensión marcará la carrera hacia 2028, que empezó esta misma mañana. La conducción del partido, con Chuck Schumer y Hakeem Jeffries a la cabeza, promete enfocarse en bajar costos e investigar los negocios del entorno presidencial, mientras el ala progresista empuja por un juicio político, por frenar las deportaciones masivas y por negarle fondos al conflicto con Irán. Entre los posibles candidatos presidenciales, la noche fortaleció a quienes pueden mostrar triunfos en terreno hostil, como el senador Jon Ossoff, reelegido por 18 puntos en Georgia, un estado que Trump había ganado.

Los republicanos y el después de Trump

Del lado republicano, la pregunta es qué partido queda cuando la coalición que devolvió a Trump al poder empieza a desarmarse. Jóvenes, hispanos y trabajadores blancos, los votantes que el presidente había sumado o consolidado, fueron justamente los que más se movieron. La noche puede leerse como el comienzo del fin de la era Trump, aunque al presidente le quedan dos años de mandato y sigue siendo la figura dominante de su partido.

Trump eligió despegarse. “No estaba en la boleta, y si hubiera estado, habríamos ganado por paliza”, escribió en Truth Social, y responsabilizó a los candidatos e incluso a Fox News por las derrotas. Pasada la medianoche, en una llamada a esa cadena, reconoció: “Creo que los demócratas hicieron un buen trabajo”. Dijo estar dispuesto a aceptar los resultados y a trabajar con la oposición, pero difundió la imagen de una gorra roja con la palabra “veto”, la herramienta que le queda para frenar al nuevo Congreso. La pérdida del Senado le complica además la designación de jueces, incluida cualquier vacante en la Corte Suprema.

El vicepresidente JD Vance fue más directo. En un largo mensaje en X, sostuvo que el problema no fue la participación: los republicanos fueron a las urnas, pero muchos de los que habían apoyado la fórmula Trump-Vance en 2024 esta vez eligieron a los demócratas. Según un encuestador de su confianza, esos electores ponían cuatro condiciones para volver: terminar la guerra, ocuparse del costo de vida, poner a Estados Unidos primero y cambiar la relación con Israel. “La razón por la que perdimos es la guerra”, escribió Vance en referencia a Irán, desafiando a quienes defienden el conflicto y dicen abiertamente que valió la pena perder el Senado.

La sucesión queda abierta. Vance sigue al frente de las encuestas para la candidatura de 2028, seguido por el secretario de Estado Marco Rubio, pero el golpe cambia la pregunta de fondo: si los republicanos quieren continuidad con Trump, una versión matizada de su política o una ruptura. Su mensaje sugiere por dónde busca salir del dilema de heredar la base trumpista sin cargar con una gestión que los votantes acaban de castigar: separar la derrota del movimiento y atribuírsela a una decisión puntual, la guerra con Irán. Conviene, de todos modos, no apresurar conclusiones: Barack Obama fue reelegido después de perder 63 bancas en 2010, y Ronald Reagan arrasó en 1984 tras el revés de 1982.

Qué cambia para la Argentina

Para la Argentina, el nuevo mapa de Washington llega en un momento sensible. Javier Milei había grabado un video de apoyo a la republicana María Elvira Salazar, de Florida, un gesto que Gregory Meeks, el demócrata de mayor rango en la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara, calificó de “intromisión inapropiada en nuestra democracia”. Salazar retuvo su banca por poco más de medio punto.

El comercio bilateral no debería cambiar demasiado: lo sostiene el acuerdo firmado este año, que eliminó aranceles para más de 1.600 productos argentinos. El frente más expuesto es el financiero. Un Congreso opositor podría quitarle a Trump agilidad para instrumentar ayudas del Tesoro como el swap de 20.000 millones de dólares de 2025, o al menos someterlas a más controles y pedidos de información. En la Casa Blanca, en cambio, sostienen que esas decisiones no dependen del Poder Legislativo. El embajador estadounidense en Buenos Aires, Peter Lamelas, había anticipado que un avance opositor no alteraría el vínculo: ‘Los demócratas en los Estados Unidos también apoyan a Argentina’.”

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