Una investigación publicada en Frontiers in Nutrition evaluó 60 planes generados por cinco modelos de IA para cuatro perfiles adolescentes simulados y encontró una subestimación energética promedio cercana a 700 calorías diarias respecto de planes elaborados por una nutricionista.
Los chats de inteligencia artificial generan respuestas a partir de patrones aprendidos que pueden reproducir contraindicaciones, calcular mal los nutrientes y desarrollar recomendaciones que parecen razonables, pero son inadecuadas.
Un estudio de 2026 publicado en Frontiers in Nutrition evaluó 60 planes generados por cinco modelos de IA para cuatro perfiles adolescentes simulados. Frente a planes de referencia elaborados por una nutricionista, encontró una subestimación energética promedio cercana a 700 calorías diarias y diferencias en nutrientes, mostrando que una propuesta aparentemente completa puede quedar lejos de las necesidades reales.
Antes de delegar la alimentación en un chat, una nutricionista enumera cinco puntos a considerar.
Personalizar exige más que datos corporales
Dos personas con igual peso y altura pueden necesitar abordajes diferentes según su salud, medicación, actividad física, estilo de vida, trabajo e historia alimentaria. También importa el acceso a alimentos, los horarios y la posibilidad de cocinar. Un menú que incorpora el nombre y las preferencias del usuario no necesariamente contempla todo. Por ejemplo, en su práctica profesional la especialista tiene en cuenta hasta el clima para armar un plan a medida, real y posible.
Los números necesitan interpretación
Una cifra exacta de calorías o proteínas no garantiza que el cálculo sea correcto ni que el objetivo sea adecuado. Además, cumplir un valor energético no asegura cubrir vitaminas, minerales o fibra. Y bajar de peso no demuestra, por sí solo, que el plan esté funcionando bien: hay que evaluar cómo se siente la persona, qué puede sostener y qué ocurre con su salud.
Restringir puede ocultar el problema
Si ante una molestia el chat propone quitar cada vez más alimentos, puede instalarse una cadena de exclusiones sin diagnóstico. La pregunta no debería ser solamente “qué dejo de comer”, sino por qué aparece el síntoma y qué evaluación necesita. Una lista de prohibiciones puede empobrecer la alimentación y postergar la consulta.
El vínculo con la comida también cuenta
Pedir permiso para comer, calcular cada bocado o buscar cómo “compensar” una comida merece atención. El riesgo es que la herramienta se vuelva parte de una rutina de control. Una respuesta puede ser ordenada en lo nutricional y, aun así, reforzar culpa, rigidez o miedo. La salud incluye poder comer con flexibilidad y compartir una mesa.
Una sugerencia no es una indicación clínica
Suplementos, ayunos o cambios importantes en la alimentación requieren revisar beneficios, riesgos y compatibilidad con tratamientos. La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) recuerda que los suplementos dietarios no son medicamentos ni están destinados a curar enfermedades.
¿Dónde está el límite? Cuando la pregunta pasa de organizar comidas a tratar síntomas, interpretar análisis o decidir un tratamiento, corresponde una evaluación profesional. También si hay embarazo, enfermedad diagnosticada, la consulta es para niños o adolescentes, o cuando existen antecedentes de trastornos alimentarios.
Siempre que exista pérdida de peso involuntaria, debilidad, mareos, molestias persistentes o angustia alrededor de la comida hay motivos suficientes para consultar con un profesional.
La IA puede ayudar a preparar recetas o facilitar compras dentro de un abordaje acordado, pero no reemplaza la mirada del especialista, quien evalúa si el objetivo es pertinente, detecta lo que falta preguntar y revisa la respuesta al tratamiento.
*Nutricionista.
