Una investigación con 113 participantes comparó un taller práctico de reparación de ropa con un grupo que solo recibió información. El taller incrementó la confianza en la propia capacidad para reparar y el efecto se mantuvo cuatro semanas después.
Un aparato deja de funcionar y existen dos respuestas posibles: buscar inmediatamente uno nuevo o abrirlo para descubrir qué ocurrió. Preferir la segunda opción no permite diagnosticar una personalidad.
Tampoco significa que los jóvenes, en general, no sepan reparar: muchos crecieron sin recibir ese tipo de aprendizaje en casa o en otros ámbitos. Los productos actuales, además, son en muchos casos más difíciles de abrir, modificar o reparar que los de generaciones anteriores.
Sin embargo, investigaciones recientes muestran que aprender a reparar puede aumentar la autoeficacia, es decir, la sensación de ser capaz de enfrentarse con éxito a una tarea.
En 2026, expertos de la Universidad de Amsterdam compararon a jóvenes que realizaron un taller práctico de reparación de ropa con un grupo que solo recibió información persuasiva. Del estudio participaron 113 personas. El taller aumentó la confianza en la propia capacidad para reparar, y el efecto todavía aparecía cuatro semanas después.
Fortalezas que reúne la conducta de intentar arreglar
- Tolerar un problema todavía sin resolver: Una reparación obliga a aceptar durante un tiempo que no conocemos la respuesta.
- Detectar problemas pequeños: Quien repara con frecuencia aprende a prestar atención a ruidos, fugas o piezas desgastadas antes de que el fallo sea total.
- No interpretar cada avería como una catástrofe: La experiencia enseña que muchos problemas pueden dividirse en pasos manejables.
- Mantener la atención durante bastante tiempo: Desmontar, comprobar y volver a montar algo exige concentración sostenida en una misma tarea.
- Comprender cómo funcionan los objetos: Reparar obliga a crear modelos mentales: qué hace cada componente, cómo se conecta con los demás y dónde puede estar el fallo.
- Aprender algo por cuenta propia: Manuales, videos, prueba y error y observación convierten la reparación en una forma de aprendizaje autodirigido.
- Tener paciencia cuando todo tarda más de lo previsto: Un tornillo oxidado o una pieza equivocada obliga a soportar demoras sin abandonar el proyecto.
- Terminar aunque haya dejado de ser divertido: El entusiasmo inicial desaparece muchas veces antes de que el objeto vuelva a funcionar. Continuar entrena la persistencia.
Reparar también puede enseñar “yo puedo hacerlo”
El psicólogo de la Universidad Stanford Albert Bandura hizo de la autoeficacia uno de los conceptos centrales de su obra. Para él, las experiencias de dominio —conseguir realizar una tarea difícil mediante la propia acción— son una fuente especialmente potente de confianza en las propias capacidades.
El experimento de Amsterdam ofrece un ejemplo concreto: enseñar habilidades de reparación aumentó la autoeficacia de los participantes. Pero no demostró que reparar produzca de manera automática las ocho fortalezas anteriores ni que las personas mayores las tengan más desarrolladas.
La diferencia generacional tampoco debería caricaturizarse. Muchos jóvenes nunca aprendieron a arreglar determinados objetos porque crecieron con productos sellados, piezas no reemplazables y modelos de consumo que favorecen sustituir antes que reparar.
Las fortalezas, por tanto, no pertenecen a una generación. Pertenecen a la experiencia de encontrarse con algo que no funciona, resistir el impulso de descartarlo y preguntarse primero: ¿puedo entender qué le pasa?
