Milei y su Teorema de la Reelección

El artículo analiza los dos factores que, según el autor, incidirán en la reelección de Javier Milei: la economía y el peronismo.

Si todas las encuestas coinciden en atribuirle a Javier Milei una imagen positiva en torno al 35% y si, a su vez, se lo sigue viendo como un candidato capaz de ser reelecto, la pregunta es de dónde sacaría los puntos que separan aquella imagen de los que necesita para ganar en primera vuelta o en el balotaje, con más del 50% de los sufragios.

Son dos factores fundamentales los que le acercarán los votos para alcanzar su objetivo. O, si el plan no funciona de acuerdo a lo previsto, lo alejarán de él.

Dos factores. El primer factor es la economía, que depende de él y de cómo consiga que llegue al día de la votación.

Por ejemplo, si la pérdida de empleos registrados continúa incrementándose en 2027 al ritmo actual de casi 200.000 empleos formales menos por año, es probable que las 800.000 personas que en cuatro años hayan perdido su trabajo estén menos predispuestas a votarlo. Por el contrario, si en el último año de mandato esa situación se comienza a revertir, hay chances de que sume votos para su reelección.

Lo mismo sucederá a partir de lo que ocurra con otros indicadores sensibles, como la pobreza, el poder adquisitivo, el consumo y la inflación.

El segundo factor se llama peronismo y no depende del Gobierno, aunque el Gobierno intentará influir cuanto pueda para que una parte del 65% de la sociedad a la que no le gusta Milei le tema tanto a este factor que igual lo vote.

Si la parte que le toca a Milei (la economía) sale mal, hay más posibilidades de que la parte que no depende de él (la oposición) le haga perder la elección. Y viceversa.

El teorema de la reelección diría que cuanto mejor funcione el modelo libertario, menos necesidad tendrá de azuzar el “fantasma kuka”; y cuanto peor lo haga más deberá que centrar su campaña en los miedos del pasado.

Hoy, cuando las perspectivas del consenso auguran la consolidación de una economía estancada de aquí a las elecciones, todo haría suponer que el oficialismo pretenderá convertir la próxima campaña en una novela de Stephen King.

Por un lado, intentará eliminar las PASO apostando a que un peronismo dividido le facilite el triunfo en primera vuelta (siempre y cuando consiga, al mismo tiempo, neutralizar a potenciales competidores directos, como Macri, Villarruel y Bullrich).

Por el otro, buscará que, sea quien sea el candidato opositor, la figura a confrontar sea Cristina Kirchner, una de las dirigentes con peor imagen, junto a su hijo Máximo y a los propios hermanos Milei.

La duda es qué tanta colaboración le brindará la expresidenta.

Entre quienes aún la visitan y aquellos que ya no lo hacen pero la conocen bien, la idea generalizada es que el objetivo del Presidente es funcional a las aspiraciones de Cristina. Milei la quiere competitiva porque cree que así le será más fácil ganar y ella cree que ese protagonismo le da más poder para negociar con un candidato peronista que vuelva a depender de ella.

Si de verdad piensa así, se equivoca. En 2019 ella tuvo la astucia de entender que su imagen negativa le impediría ganar si su nombre encabezaba la fórmula. Por eso eligió a un peronista moderado que había sido crítico con ella. El truco funcionó: Alberto Fernández fue elegido y ella accedió al poder (mucho menos del que hubiera deseado, pero mucho mejor que haber perdido aquella elección).

Pero el truco funciona una vez. Dos, no.

El factor Cristina. La diferencia, además, es que su gestión en esos cuatro años y su posterior condena judicial profundizaron su mala imagen en una porción mayoritaria de la sociedad. Que es el rechazo que trasladará a cualquier candidato que aparezca respaldado por ella. Porque, sin dudas, le podrá aportar un importante caudal electoral, pero también lo condenará a un techo más bajo de votos.

La hipótesis más extrema en ese sentido es la que se comenzó a difundir en los últimos días. De la misma forma en que Jair Bolsonaro le heredó su potencial electoral a su hijo Flávio, ella se lo podría delegar a Máximo. Dicen que la fórmula podría ser Kirchner-Kirchner, para que luego la Justicia convalide solo el nombre del hijo.

El primer problema de esa lógica es que la imagen del detenido expresidente de Brasil es mejor que la de su par argentina, lo que suena razonable en función de que Cristina tiene el desgaste de haber participado de cuatro administraciones y Bolsonaro de una.

El segundo problema es que Máximo Kirchner presenta una imagen negativa de entre 10 y 20 puntos más que la del actual candidato brasileño, y de que esa imagen aún puede empeorar de acuerdo con los procesos judiciales abiertos en los que se lo involucra.

Con el mismo objetivo de retomar el poder, directa o indirectamente, también se comenzó a mencionar la fórmula Massa-Máximo (MaMa). Una versión que desde el massismo le atribuyen a una campaña sucia de La Plata.

Puede que en todos los casos se trate de versiones malintencionadas, quizás también surgidas del mileísmo. Pero serían coherentes con el protagonismo que Cristina aspiraría para sí y para su hijo.

Hace meses que les hago la misma pregunta a aquellos dirigentes que visitan a la expresidenta y a los que ya no lo hacen: ¿ella no cree que le convendría más que Milei perdiera y que gane un peronista, aunque para eso sea necesario que se abstenga de intervenir o que participe de una interna para perderla?

Hasta ahora todos me respondieron igual: “No, ella no aceptará entregarle a cualquiera su 20% / 25% de votos a cambio de nada”.

—¿Ni aunque en el mediano plazo eso pudiera significar recuperar su libertad?

—No, ni siquiera por su libertad. Si ella no consigue ser protagonista de un acuerdo electoral, va a preferir que siga Milei.

Me cuesta creer que sea así, pero Freud ya ha estudiado suficientemente la pulsión humana de la autodestrucción que impulsa a una persona a actuar en contra de la propia conveniencia.

El factor miedo. Ese parece ser el espíritu que impregna su negociación en pausa con Axel Kicillof. ¿Cuánto está dispuesto a pagar el gobernador por aquel porcentaje de votantes que ella le ofrece? ¿Cuántos cargos en las listas? ¿Cuánto espacio de poder le daría al camporismo en un eventual gobierno nacional? ¿Qué protagonismo le cederá a Máximo?

Son preguntas de respuestas imposibles, porque apenas Kicillof o quien sea responda a alguna de ellas, dejará explicitado el poder de una mujer que hoy espanta más de lo que atrae.

Lo cierto es que, a falta de una economía que derrame hacia una mayoría que luego lo vote, Milei precisará estimular el miedo de un “fantasma kuka” que aterrorice a aquellos que no lo quieren a él, pero menos quieren que el apellido Kirchner se acerque al poder.

El miedo como factor electoral es una táctica tradicional de la estrategia electoral. Pero para que funcione es requisito que el miedo al otro sea superior al miedo a lo actual.

No es un desafío menor para el Gobierno.

De hecho, se acaba de conocer la encuesta de opinión de AtlasIntel y Bloomberg que compara la gestión actual con la de Alberto Fernández. El 55% contestó que está igual (9%) o peor (46%) que antes.

El resultado es especialmente preocupante para Milei, teniendo en cuenta la comparación entre “el mejor Gobierno de la historia de la humanidad” y el “peor presidente de la historia argentina”.

Queda un año. La economía y el peronismo le pueden ayudar a mejorar su imagen y ser reelecto. O pueden ser sus verdugos.

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