Luciana Pereyra, de 25 años, se mudó a Estados Unidos a los 17 con una beca de tenis. Se graduó con promedio perfecto, obtuvo una visa H-1B y trabajó en la Universidad Estatal de Ohio hasta que una reestructuración eliminó su puesto en diciembre de 2025.
Luciana Pereyra nació y creció en Lima y comenzó a jugar tenis cuando tenía siete años. A los 11 ya competía y, durante su adolescencia, observó cómo otras jóvenes de su club conseguían becas deportivas para universidades estadounidenses. Una agencia la puso en contacto con entrenadores y, después de enviar videos de sus partidos en torneos de América del Sur y Central, consiguió la posibilidad de estudiar en Estados Unidos.
Llegó a los 17 años con una visa estudiantil F-1. Pasó su primer año en Middle Georgia State University y después se cambió a la Universidad de Findlay, en Ohio. Allí jugó tenis universitario durante cuatro años y obtuvo una licenciatura en Administración de Empresas.
Se graduó en mayo de 2022 con un promedio perfecto de 4.0 y, gracias a un año adicional de elegibilidad deportiva concedido durante la pandemia, permaneció para completar un MBA. La beca cubría casi todos sus gastos.
Después de estudiar, comenzó otra batalla: conseguir un patrocinador
Pereyra empezó a buscar empleo antes de terminar el posgrado, pero muchas solicitudes se complicaban en cuanto informaba que necesitaría patrocinio migratorio. Finalmente consiguió un puesto como especialista en marketing y comunicaciones en la Facultad de Enfermería de la Universidad Estatal de Ohio.
Su autorización laboral comenzó en julio de 2023 y, en abril de 2024, recibió la aprobación para una visa H-1B. Por primera vez empezó a sentir que había construido una vida estable. Tenía su propio departamento en Columbus, un salario y una rutina profesional, aunque nunca llegó a sentirse completamente segura: incluso evitó decorar demasiado su vivienda porque no sabía cuánto tiempo podría conservarla.
La incertidumbre se hizo realidad a fines de 2025. Una reestructuración en la Facultad de Enfermería eliminó su puesto. Recursos Humanos le informó el 15 de diciembre que su empleo terminaría el 15 de enero. A partir de entonces tendría un plazo limitado para conseguir una nueva empresa dispuesta a patrocinarla o tendría que abandonar Estados Unidos.
El calendario empeoró la situación. Buena parte de las universidades entraban en vacaciones de invierno y los procesos de contratación quedaron prácticamente detenidos. Una entrevista prometedora en Chicago fue cancelada después de que la organización descubriera que necesitaba patrocinio. Otra oportunidad en Ohio State tampoco llegó a tiempo.
Regresó a Perú y comenzó otra vez
En marzo, Pereyra volvió a Lima. Antes tuvo que romper el contrato de alquiler, abandonar su trabajo voluntario como traductora para familias de su comunidad y reducir ocho años de vida a dos maletas y un equipaje de mano.
El regreso también implicó un choque cultural inverso. Sin embargo, después de varios meses descubrió algo que no había sentido durante años: podía tomar decisiones personales sin preguntarse primero cómo afectarían su visa.
Actualmente combina trabajos independientes de marketing para un cliente estadounidense con clases de tenis y un pequeño emprendimiento llamado Casuma, dedicado a mantequillas de castañas de cajú con sabores peruanos como lúcuma y cacao. También volvió a compartir tiempo con sus dos hermanos menores.
Pereyra considera que estudiar y trabajar en Estados Unidos valió la pena, en especial por la experiencia académica, cultural y lingüística. Pero ya no quiere construir otra vida cuya continuidad dependa de conservar un empleo.
Si algún día vuelve a emigrar, asegura que buscará una alternativa con un camino real hacia la residencia permanente.
