Denuncian robos de caballos en Pilar y General Rodríguez

Productores de la zona rural de Pilar y General Rodríguez denunciaron el robo de caballos, entre ellos yeguas de polo y animales de andar. Según los propietarios, los animales son trasladados hacia Moreno y faenados en circuitos clandestinos. Reclaman mayor presencia policial e investigación.

La escena se repite y, para quienes viven y producen en las zonas rurales de Pilar y General Rodríguez, dejó de ser un hecho aislado. Caballos que desaparecen durante la noche, vecinos que salen a buscarlos por sus propios medios y rastros que conducen hacia Moreno forman parte de una secuencia que, según productores de la zona, volvió a intensificarse en los últimos meses.

La última denuncia involucra a cuatro caballos, entre ellos yeguas de polo y animales de andar. Pero el problema viene de antes. Joaquín Maikez, propietario de un establecimiento de la zona, asegura que durante el año pasado se registraron alrededor de 60 sustracciones en el área y que, luego de un período en el que los robos disminuyeron, la situación volvió a repetirse.

“Fuimos víctimas del robo de cuatro caballos hace una semana. Caballos de polo y de andar. No son solamente de polo: acá es una zona de chacras y les han robado a todos los vecinos, todo tipo de caballos”, contó en una conversación radial con el periodista Eduardo Feinman.

Según su relato, los animales son sacados de los establecimientos y trasladados hacia el oeste, en dirección a Moreno. “Los llevan, los sacan acá de la zona de Pilar y hacen un recorrido de más o menos 25 o 30 kilómetros para el lado de Moreno”, explicó.

La particularidad es que, en muchos casos, se trata de animales mansos, acostumbrados al contacto permanente con personas. Esa característica, que en un ámbito productivo o deportivo constituye una virtud, los convierte en ejemplares particularmente vulnerables frente a quienes buscan sustraerlos.

“Por ahí agarran los caballos del pueblo, porque son caballos muy dóciles. Los pueden agarrar de noche y hacerlos caminar durante 30 kilómetros”, señaló Maikez. Según su denuncia, una vez trasladados, los animales pueden permanecer ocultos durante uno o dos días antes de ser faenados, con el objetivo de dificultar su localización.

Benjamin Araya, quien también sigue de cerca la situación en la zona, coincide en que los caballos sustraídos podrían terminar en un circuito de faena clandestina. “La última fue de cuatro caballos, alguno de polo y alguno de andar”, relató, y sostuvo que durante el año pasado se habrían robado alrededor de 60 animales en distintos episodios.

La hipótesis que manejan los propietarios es que los animales son llevados hacia establecimientos ubicados en las inmediaciones de Moreno, donde posteriormente serían faenados y la carne ingresaría a circuitos comerciales informales. Se trata, sin embargo, de una denuncia que debería ser determinada por las investigaciones correspondientes.

Una cadena clandestina

El temor de los productores no se limita al robo. Detrás de cada animal desaparecido existe la sospecha de que puede comenzar un recorrido que termina con su faena fuera de los controles sanitarios.

Maikez asegura que, de acuerdo con lo que pudieron reconstruir los propios vecinos, los animales son trasladados desde Pilar hacia Moreno y posteriormente carneados. “Los carnean y en general los venden en las carnicerías de los barrios como milanesas”, afirmó.

La denuncia plantea así un problema que excede el perjuicio económico o afectivo que representa la pérdida de un caballo. Si efectivamente animales sustraídos ingresaran a un circuito clandestino de comercialización de carne, también existiría un riesgo sanitario por tratarse de productos que no atraviesan los controles bromatológicos correspondientes.

El circuito legal de faena de equinos funciona bajo controles específicos y con requisitos de identificación y trazabilidad, entre ellos la utilización de dispositivos electrónicos para identificar a los animales. La carne equina tiene además un mercado de exportación específico, mientras que su comercialización para consumo interno se encuentra prohibida en la Argentina.

Por eso, quienes conocen la actividad advierten que el robo de animales destinados a una eventual faena clandestina constituye un fenómeno completamente diferente del circuito formal de la carne equina, que se encuentra sujeto a controles sanitarios y de trazabilidad.

Los vecinos hacen de investigadores

Uno de los puntos que más preocupa a los propietarios es que, según denuncian, buena parte del seguimiento de los casos termina siendo realizada por los propios vecinos.

“Cuando faltan los caballos, los rastreamos nosotros, los seguimos y más o menos siempre hacen el mismo recorrido y terminan en el mismo lugar donde cargan”, sostuvo Maikez.

En algunos casos, los vecinos aseguran haber reconstruido recorridos de los animales a partir de huellas, cámaras y testimonios. Incluso sostienen que los caballos habrían atravesado la Ruta 25 antes de continuar hacia el oeste.

“Todos saben que atravesaron la Ruta 25. Encontraron todo el recorrido”, afirmó. También relató que en establecimientos ubicados sobre ese trayecto algunos vecinos habrían visto pasar los animales, aunque existiría temor a realizar denuncias.

La preocupación llevó a algunos propietarios a organizarse para vigilar sus campos durante la noche. “Teníamos que levantarnos a las doce, uno a la una, otro a las cuatro o a las seis para tratar de parar esto en forma personal”, recordó Maikez al referirse a la ola de robos del año pasado.

El episodio más reciente volvió a encender las alarmas. “Anoche sentí ruido y sentí los perros a las dos menos cuarto de la mañana y estuve hasta las cuatro dando vueltas”, relató.

El reclamo por mayor presencia policial

Los productores consultados cuestionan particularmente la respuesta de las autoridades y reclaman una investigación que permita determinar quiénes participan del robo, dónde terminan los animales y cómo se comercializa eventualmente la carne.

“Con un poquito de voluntad política y policial esto se frenaría”, sostuvo Maikez, quien considera que los episodios se repiten porque no existe una respuesta sostenida en el tiempo.

El productor también cuestionó la distribución de los recursos policiales en una zona que concentra establecimientos rurales, haras y centros vinculados al polo. Recordó que, años atrás, los propios vecinos compraron un terreno y construyeron durante siete años una comisaría que luego fue entregada al municipio y a la Policía de la provincia de Buenos Aires.

Su reclamo apunta a que esa infraestructura tenga una presencia policial acorde con las necesidades de la zona rural. “No hay que buscar demasiadas cosas raras. Acá es muy sencillo: hay que investigar y realmente investigar”, sostuvo.

Las acusaciones de los propietarios sobre una eventual participación o connivencia de integrantes de las fuerzas de seguridad son graves y, hasta tanto no existan pruebas o investigaciones judiciales que las acrediten, deben ser consideradas como denuncias y sospechas de los damnificados. Lo que sí aparece como una preocupación concreta y reiterada entre los vecinos es la sucesión de robos y la falta de esclarecimiento de los casos.

Mientras tanto, los caballos continúan siendo un blanco particularmente vulnerable. Su mansedumbre facilita, según describen los propios productores, que puedan ser sacados de los establecimientos sin generar una resistencia significativa y conducidos durante varios kilómetros hasta puntos donde podrían ser cargados en vehículos.

Para quienes tienen sus animales en los campos de Pilar, General Rodríguez y las localidades cercanas, el problema ya no se reduce a la pérdida de un caballo. Es también la sensación de que durante la noche cualquier animal puede desaparecer y de que, para recuperarlo, muchas veces deberán salir a buscarlo por sus propios medios.

“Esto no es solamente el caballo de polo y el valor que tiene el animal. Es también ver lo que les hacen”, resumió Maikez al describir el impacto que provocaron entre los propietarios las imágenes de animales que habrían sido faenados clandestinamente.

La preocupación, ahora, es que aquella ola de robos que los vecinos aseguran haber logrado contener durante un tiempo vuelva a transformarse en una rutina.

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