Según Olga Albaladejo, esos momentos sin estímulos externos permiten que la mente divague y procese experiencias. La especialista señala que el cerebro necesita alternar períodos de atención concentrada con otros menos dirigidos.
Mirar por la ventana sin hacer nada no significa perder el tiempo. Según la psicóloga Olga Albaladejo, esos momentos sin estímulos externos permiten que la mente divague, recupere recuerdos, imagine situaciones y procese experiencias que suelen quedar relegadas por el ritmo cotidiano.
“Vivimos como si el valor de cada momento dependiera de lo que producimos en él. Por eso nos cuesta tolerar los espacios sin una utilidad visible y confundimos fácilmente la quietud con la pérdida de tiempo”, explica la especialista en un artículo publicado por CuerpoMente.
La experta señala que el cerebro necesita alternar períodos de atención concentrada con otros menos dirigidos. Son momentos para recordar, imaginar, establecer asociaciones y descansar de la obligación de responder constantemente a estímulos externos.
Qué ocurre en el cerebro cuando dejamos de hacer
Aunque desde afuera parezca que no sucede nada, la actividad mental continúa. “Cuando dejamos de perseguir un objetivo concreto, el cerebro no se apaga. Cambia de forma de trabajar: la atención deja de estar completamente dirigida hacia una tarea externa y gana espacio el pensamiento espontáneo”, sostiene Albaladejo.
En esos períodos interviene la llamada red neuronal por defecto, relacionada con procesos como recuperar recuerdos autobiográficos, imaginar situaciones futuras, reflexionar sobre uno mismo e intentar comprender los pensamientos y sentimientos de otras personas.
La psicóloga también menciona una revisión científica de Mary Helen Immordino-Yang y sus colaboradoras, cuyo título resume esta idea: “El descanso no es ociosidad”.
Estas pausas no garantizan que aparezcan soluciones, pero pueden ayudar a conectar experiencias con conocimientos y emociones. También permiten revisar conversaciones, reconsiderar decisiones y contemplar situaciones personales desde otra perspectiva.
Por qué cada vez dejamos menos espacio para divagar
Uno de los principales obstáculos es la costumbre de llenar cualquier momento libre con el celular. Las colas, los viajes cortos, los ascensores y las salas de espera, que antes podían convertirse en espacios para pensar, ahora suelen ocuparse con mensajes, videos, noticias y redes sociales.
Albaladejo cita las investigaciones de Gloria Mark sobre la atención en entornos digitales. Según sus mediciones, el tiempo promedio que una persona permanecía en una misma pantalla pasó de aproximadamente dos minutos y medio en 2004 a unos 47 segundos en 2020.
“El problema no es la tecnología en sí, sino el automatismo”, advierte. Consultar el teléfono ante cada instante de silencio elimina oportunidades para que la atención descanse de las demandas externas.
Cómo recuperar esos momentos sin estímulos
La psicóloga recomienda incorporar pequeñas pausas a la rutina sin convertirlas en una obligación más. Algunas alternativas son evitar sacar automáticamente el celular durante una espera, realizar tareas sencillas como regar las plantas o preparar un café, y caminar ocasionalmente sin escuchar podcasts ni consumir otros contenidos.
También propone prestar atención a los momentos en los que recurrimos a una pantalla por costumbre, en lugar de hacerlo por una necesidad concreta. Si los pensamientos se vuelven persistentes y generan malestar, en cambio, puede ser preferible escribir las preocupaciones, hablarlas con alguien, tomar una decisión o pedir ayuda.
La propuesta no consiste en dejar de hacer cosas, sino en recuperar algunos espacios en los que la mente pueda funcionar sin una tarea específica. A veces, quedarse mirando por la ventana es una forma sencilla de conseguirlo.
