Un estudio publicado en el Journal of the British Archaeological Association atribuye los restos a Aelfwig, un monje benedictino que llegó a ser abad en Westminster y falleció alrededor del año 1020.
El sarcófago de piedra caliza de época romana fue hallado en 1869 en los terrenos de la Abadía de Westminster, en Inglaterra. En su interior se encontró un esqueleto cuya identidad permaneció sin determinar durante 150 años. El ataúd lleva una inscripción dedicada a Valerius Amandinus, un ciudadano de Britania que vivió en Londinium entre los años 300 y 400 después de Cristo, pero en la tapa tiene esculpida una cruz latina que data del siglo X u XI.
El profesor Warwick Rodwell, arqueólogo asesor de la Abadía de Westminster, realizó un nuevo análisis de los huesos y publicó los resultados en la revista Journal of the British Archaeological Association. Según el artículo, el esqueleto pertenece a un monje medieval de alto rango llamado Aelfwig, un fraile benedictino que alcanzó el rango de abad en Westminster y falleció alrededor del año 1020.
Otra posibilidad considerada es la de Wulnoth, sucesor de Aelfwig, quien murió en 1049 y, al igual que su predecesor, se cree que fue enterrado en la Abadía. “Contábamos con dos candidatos viables para identificar quién ocupó el sarcófago”, afirmó Rodwell. “Desconocemos la fecha de nacimiento de ambos. Pero cualquiera de los dos encajaría bien, suponiendo que el abad tenía poco más de veinte años cuando fue nombrado para el cargo y cerca de cincuenta cuando falleció”, agregó. “Que Aelfwig ya fuera monje en Westminster inclinaría la balanza a su favor”, señaló el investigador.
Otro indicio que sugiere que el esqueleto perteneció a un abad reside en el hecho de que el ocupante fue “honrado” con un “magnífico sarcófago”. Su ataúd de madera fue colocado dentro del sepulcro de piedra, en lo que constituiría un ejemplo temprano de reutilización. Según Rodwell, la tapa fue posteriormente tallada de nuevo para incluir una gran cruz.
El experto contó con la ayuda del equipo del programa Time Team, de Channel 4, que en 2009 examinó la sacristía original del rey Enrique III, situada en el lado norte de la Abadía. En esa zona, en 1820, unos obreros desenterraron accidentalmente el sarcófago y rompieron la tapa en seis fragmentos. Los daños fueron reparados cuando, más tarde, en 1869, el sarcófago romano fue “descubierto” oficialmente.
Los análisis actuales incluyeron el estudio de los restos óseos hallados en el ataúd. El trabajo recayó en el especialista James Young Langthorne, de Pre-Construct Archaeology, quien determinó que el fallecido tenía entre 35 y 49 años y una estatura de aproximadamente 1,75 metros. Esta conclusión difiere de una evaluación realizada en el siglo XIX, que sugería que se trataba de un “hombre joven y robusto”, de unos 1,70 metros de altura y no más de 30 años. La datación por radiocarbono situó las evidencias entre los años 987 y 1052 después de Cristo.
“Esto confirma que la reutilización del sarcófago, junto con la remodelación de su cubierta, tuvo lugar a finales del periodo sajón”, afirmó Warwick Rodwell. Durante unos años se creyó que el esqueleto se había perdido, pero esa hipótesis se descartó en 2016, cuando el ataúd de piedra, que actualmente se expone en las Queen’s Diamond Jubilee Galleries, fue enviado a un taller de restauración. Al levantar la tapa, los investigadores descubrieron que los huesos humanos estaban casi completos. Fue entonces cuando se detectó el contorno de una estructura rectangular, delimitada por un residuo blanquecino dejado por la cal, una sustancia utilizada tradicionalmente en los enterramientos.
“Aunque no quedaron rastros físicos de dicho elemento, solo puede haberse tratado de un ataúd de madera, el cual se descompuso por completo a lo largo de los siete siglos que el sarcófago permaneció enterrado en el patio de la sacristía”, concluyó el profesor Rodwell.
