Una reflexión sobre las habilidades que se manifiestan en los sueños y su posible influencia en la vigilia, a partir de experiencias personales y perspectivas científicas y espirituales.
Hace un tiempo noté cuántas cosas puedo hacer en sueños que en la vida real no. Por supuesto que no soy la única: sé de soñadores que vuelan, que caminan sobre el fuego, que hacen cosas que nuestra naturaleza no nos permite. En ese sentido, un sueño recurrente de mi infancia era bajar tan rápido las escaleras que casi volaba. Igual, hoy me pregunto si de puro atropellada no las bajaría de esa manera.
Me impresionan las habilidades que tengo en sueños. Por ejemplo, conducir. Una noche de estos meses soñé que me regalaban un auto -¡eso sí que es soñar!- y mi hija iba manejando por una subida de barrio Alberdi, en Rosario. Perdía el control del auto, entonces yo, que estaba en el asiento del acompañante, sacaba un volante extra, lo colocaba no sé cómo y ponía al auto en el camino correcto. Decidíamos seguir por esa avenida y yo le comentaba que mi problema era que no tenía carnet y si nos detenían iba a ser un lío. También que a ese auto me lo había regalado un antiquísimo noviete y que seguro este regalo me traería problemas con mi marido. Mi hija, que de lerda no tiene un pelo ni en sueños, me decía: “Dáselo a Fran” y a mí me parecía una buena idea.
Francisco es su novio. Cuando mi sueño llegó a oídos de él, en la vida despierta, claro, también le pareció una buena idea.
A veces, cuando estoy en un proyecto de escritura de largo aliento, como una novela, sueño más. Tal vez sea porque el cerebro se ve estimulado por las imágenes que elaboro en el día o tal vez es justo al revés: escribo con intensidad un texto porque mi cerebro estuvo soñando por la noche. Ay, el cerebro, “que es sobre todo un país desconocido”, escribió Ray Bradbury en el prólogo a El hombre ilustrado.
Los neurólogos afirman que los sueños no son más que disparos eléctricos del cerebro por la noche, mientras se resetea. Los budistas, que nuestra alma viaja por un cordón de plata a esos mundos.
En sueños, visito paisajes que sólo existen en mis sueños: calles y esquinas que supongo de Rosario. Cuando era chica, me encontraba con el diablo. (Sí, era imaginativa de pichona, nomás.) Era un tipo delgado, con frac y pajarita amarilla y me preguntaba si yo era capaz de entregar a mis padres y mi hermana para que vivieran en el infierno a cambio de salvarme yo. Era un sueño en el que yo nunca respondía.
El que más me impresionó en este tiempo, fue uno de hace unos meses. Estoy -los sueños son siempre en presente- en la terraza de la casa de mis padres, soy una adolescente, y están conmigo los perros de mi papá: el Sultán, Help, Rambo, el Arena.
El Sultán era un manto negro enorme, bueno como el pan. Y en mi sueño, yo le abría el hocico y metía mis dedos entre sus afilados dientes para quitarle algo que se había tragado. Y el animal se dejaba hacer. Recordé, al despertar, el enorme amor que les había tenido a los perros y cómo no los temía. Eran tan buenos que podía confiar en que no me arrancarían la mano de un tarascón. Gracias a los sueños por devolvernos recuerdos y sensaciones que creíamos perdidas.
