Investigaciones recientes indican que la ansiedad por el envejecimiento no solo afecta la salud mental, sino que también deja marcas epigenéticas que aceleran el desgaste fisiológico.
Un estudio publicado recientemente y realizado con 726 mujeres sugiere que el estrés relacionado con el envejecimiento, en particular el temor al deterioro de la salud, está asociado con un envejecimiento epigenético acelerado. La medición se realizó mediante el biomarcador DunedinPACE, que evalúa la tasa de desgaste fisiológico.
El concepto de “cronofobia” —definido como el miedo al paso del tiempo— no es un diagnóstico clínico, sino un término de la cultura popular que se ha explorado desde la década de 1960. Según la historiadora del arte Pamela Lee, autora del libro Cronofobia (2006), esta inquietud ha trascendido el arte para referirse al temor al tiempo mismo. El periodista Sergio Fanjul, en un libro reciente sobre el tema, señaló que el atributo del tiempo es pasar, y que una de sus expresiones más frecuentes es la ansiedad ante el envejecimiento.
Esa ansiedad proviene del declive físico, la pérdida del atractivo y la salud reproductiva. Las mujeres enfrentan presiones socioculturales adicionales, ya que la preocupación por la identidad corporal eleva los sistemas de respuesta al estrés de forma crónica. A estas presiones se suma una narrativa edadista que devalúa los cuerpos envejecidos femeninos, tanto biológica como socialmente.
El malestar psicosocial contribuye al envejecimiento biológico a través de la epigenética, proceso por el cual el entorno activa o desactiva genes sin alterar la secuencia de ADN. Por ejemplo, la exposición a factores estresantes crónicos en la infancia es un factor de riesgo para la depresión adolescente, mediante la metilación de genes relacionados con el estrés. Mantener un estado de alerta ansiosa potencia el desgaste biológico.
El estudio citado confirmó que las preocupaciones no son meramente cognitivas, sino que se experimentan somáticamente, creando un círculo vicioso: la idea del envejecimiento aumenta la conciencia corporal, lo que refuerza la angustia psicológica, que a su vez activa el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA) y la señalización inflamatoria. Con el tiempo, estos cambios acumulativos en la metilación del ADN aceleran el envejecimiento.
El miedo al tiempo también puede surgir de la percepción de un futuro amenazante, como la crisis climática, la inaccesibilidad a la vivienda, el aumento de precios o la precariedad laboral. La presencia de ideologías que limitan derechos civiles o avances sociales genera incertidumbre, especialmente en colectivos vulnerables. Estos obstáculos estructurales contribuyen a una sensación de “futuro abolido” que exacerba el miedo al tiempo.
Frente a esto, especialistas sugieren buscar espacios de desaceleración como una forma de resistencia psicológica y emocional, sin ignorar las causas estructurales del malestar. “Somos el tiempo que nos queda”, concluye Jorge Romero-Castillo, profesor de Psicobiología e investigador en Neurociencia Cognitiva en la Universidad de Málaga, autor del artículo original publicado en The Conversation.
