En ‘Castillos de hielo’, la película de 1978, una joven patinadora ciega regresa a competir y enfrenta un momento crucial que revela su secreto. Una reflexión sobre la vulnerabilidad y la fuerza interior.
Hay escenas de películas que marcan y regresan a la memoria. Una de ellas es el final de Castillos de hielo (1978), que narra la historia de una joven patinadora que, tras un accidente, queda ciega y decide volver a patinar sin revelarlo. En la escena final, preparan su regreso a la pista: reconocen bordes, barandas, el centro para arrancar, la ubicación de los jueces. Pero olvidan las flores rojas que el público solía arrojarle en sus presentaciones exitosas.
Ella patina perfectamente, con cadencia, brazos como un cisne blanco, piernas elevadas, saltos triples. Al final, el público le lanza flores, pero ella no las ve. Tropieza y cae. Su acompañante, desde las gradas, le grita: “Lexie, las flores”, pero es tarde. El estadio, que estallaba en aplausos, queda en silencio. Ella yace en el suelo, con el pelo rubio alborotado, el traje azul, la piel clara, la espalda rígida. Luego se levanta lentamente, con ayuda. Es una roca que el mar dejó a la vista, obligada a mostrar lo que quería ocultar: que a veces las cosas se soportan en la intimidad, pero no cuando el mundo las conoce.
