Día 878: ¿Corrupto o estúpido? La crisis que sacude al Gobierno

La permanencia de Guillermo Adorni al frente del Gabinete genera tensiones en el núcleo duro de La Libertad Avanza, mientras la causa por enriquecimiento ilícito avanza y la imagen presidencial cae en las encuestas.

La pregunta de por qué el presidente Javier Milei sigue sosteniendo a su jefe de Gabinete, Guillermo Adorni, aún no encuentra una respuesta clara. Sostener al funcionario mientras se complica su causa por enriquecimiento ilícito está generando una ruptura en el núcleo duro del oficialismo. En la calle, la gente critica a Adorni y crece la indignación con las imágenes de sus refacciones de lujo y los cambios en su imagen, tanto en él como en su pareja, a partir de su ascenso.

Los ministros le imploran al Presidente que “suelte la mano” al jefe de Gabinete. Lo mismo hacen prácticamente todos los medios de comunicación que venían defendiendo la gestión de La Libertad Avanza (LLA). Todos los sondeos de opinión coinciden en una caída acelerada de la imagen del Presidente.

La situación recuerda aquella ocasión en la que Diana Mondino, consultada por la criptoestafa Libra, dijo que Milei era “estúpido o estafador”. El intercambio ocurrió en una entrevista con Al Jazeera al referirse al caso $LIBRA, afirmando que el Presidente “o no es muy inteligente o es una especie de corrupto”. Aunque luego relativizó la frase entre risas, sostuvo que Milei no debería haber publicado el tuit que impulsó la criptomoneda.

La dicotomía plantea un dilema clásico: error o dolo. Es una estrategia de defensa clásica en la justicia penal “hacer pasar por loco” a un criminal con el objetivo de que sea declarado inimputable. Con Milei, quizás se esté trasladando esta estrategia al plano político. Desde un comienzo se presentó al Presidente como un hombre “especial”, sin ambición económica, “loco” por sus ideas, como alguien con una misión sagrada de transformación de la Argentina, que ama a su hermana y tiene devoción por sus perros. Todos los rasgos excéntricos de la personalidad de Milei son ciertos, pero esta mirada “romántica” comienza a parecer ingenua frente al desarrollo efectivo de su gestión.

Sin embargo, la excentricidad de Milei sigue presente en las hipótesis que se barajan sobre por qué no le suelta la mano a su jefe de Gabinete. Andrés Malamud resumió las principales: Hipótesis 1: Adorni es un “pararrayos”, una figura que concentra la atención pública y desvía el foco de problemas económicos u otros escándalos como el de Libra. Hipótesis 2: Es un “fusible”, alguien que podría ser desplazado cuando acumule demasiado costo político. La tercera hipótesis, que Malamud considera especialmente relevante, apunta a la dinámica interna del poder: Adorni no sería desplazado por su vínculo con Karina Milei. El analista sostiene que el Presidente no rompe con figuras cercanas a su hermana, aunque sí con sus propias amistades, lo que revela una dependencia política difícil de medir. Además, dejó entrever una cuarta posibilidad más compleja, vinculada a la figura de un eventual testaferro.

Los hechos que alimentan esta tensión no son menores. Las últimas novedades de la causa indican que un contratista, Matías Tabar, declaró ante el fiscal federal Gerardo Pollicita que recibió US$245.000 en efectivo por remodelar la casa del funcionario en el country Indio Cuá, en Exaltación de la Cruz. Según fuentes judiciales, el pago se habría realizado sin facturación formal y directamente en mano.

En la historia argentina, los grandes casos de corrupción rara vez se explican por un hecho aislado. Suelen responder a entramados más amplios, donde los episodios visibles son apenas la punta del iceberg. El precedente más cercano es el caso Vialidad. Allí, la Justicia construyó la figura de un “delito precedente” para entender el flujo de fondos. No se trataba solo de contratos, sino de un sistema que permitía la corrupción. En derecho penal, el delito precedente (o “delito fuente”) es aquel ilícito que genera bienes, dinero o beneficios que luego serán objeto de otro delito posterior. No requiere condena firme del autor del primer delito, solo probar su existencia genérica. Este concepto es central en figuras como el lavado de activos, donde no se persigue solo la maniobra de ocultamiento, sino también el origen ilícito de los fondos.

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