Claudia Di Paolo dejó Argentina para obtener la ciudadanía italiana, vivió en Malta y ahora reside en Austria. Allí descubrió una sociedad donde la confianza es un pilar fundamental y donde la distancia cultural se convierte en una lección de vida.
Claudia Di Paolo creció escuchando historias de sus abuelos italianos y sintió siempre el deseo de completar su identidad a través de la ciudadanía italiana. En 2022, junto a su marido, decidió vender todo y mudarse a Malta para iniciar el trámite. Desde allí, cruzaba a Italia para avanzar en el proceso. Hoy reside en Hard, Austria, una ciudad que describe como tranquila, ordenada y amigable con el medio ambiente.
El clima la sorprendió: esperaba inviernos siberianos y encontró pocas nevadas. El idioma alemán, que sus propios profesores califican de «brusco», fue un choque cultural. También la distancia inicial de los austriacos: al enviar un mensaje afectuoso a una nueva amiga, recibió un escueto «Sí, decime». Con el tiempo, aprendió que no es frialdad sino otra forma de relacionarse.
Valora especialmente la confianza social: los domingos cierran casi todos los comercios, pero hay puestos con plantas, huevos y flores donde se deja el dinero en una caja sin control. «Para esta sociedad, el costo de romper la confianza es infinitamente mayor que el beneficio de llevarse algo sin pagar», reflexiona.
Claudia trabajó como coach empresarial e individual de forma remota, mientras su marido consiguió empleo rápidamente. El proceso de ciudadanía fue duro, pero la satisfacción de haberlo logrado lo compensa. «No es cuestión de valentía, sino de encontrarle valor a aquello por lo cual arriesgarse», afirma.
La decisión de emigrar implicó pérdidas, especialmente al anunciarlo a sus padres. Sin embargo, Claudia sostiene que el secreto está en tener una motivación suficiente, definida y libre de emociones negativas, enfocándose en «ir hacia… para» en lugar de «escapar de… por».
