El escritor argentino Jorge Luis Borges dedicó varios poemas y reflexiones al episodio evangélico del Buen Ladrón, explorando temas como el misterio, la redención y la inspiración poética.
En el Evangelio según San Lucas se narra el diálogo entre Jesús y los dos ladrones crucificados a su lado. Uno de ellos, conocido como el Buen Ladrón, pide a Jesús que se acuerde de él cuando llegue a su reino, recibiendo como respuesta la promesa del Paraíso. Este pasaje, que no revela la identidad del personaje, ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de la historia.
El escritor argentino Jorge Luis Borges lo evocó en su poema «Lucas XXIII», destacando el anonimato del ladrón y el misterio que lo rodea. Los versos subrayan que pudo ser «cualquier hombre», cuya identidad se ha perdido en el tiempo, y reflexionan sobre el momento en que, compartiendo el suplicio, reconoce la divinidad de Cristo.
Según registros de la crítica literaria, Borges consideraba los Evangelios como una de las obras capitales de la humanidad, junto con La Ilíada y La Odisea. En diversas conferencias y escritos, el autor señaló que la historia de Cristo poseía una singularidad narrativa. Además, vinculaba la creación poética con un proceso de inspiración, que en distintas tradiciones se atribuye a las musas o al Espíritu Santo.
Para Borges, el poeta actúa como un receptor de un «don» o una «voz infinita» que intenta traducir en palabras, uniendo lo visible con lo invisible. Esta concepción de la poesía como un acto casi trascendental aparece en varios de sus prólogos y poemas, donde también reflexiona sobre las dificultades de concretar la obra artística.
El análisis del pasaje del Buen Ladrón a través de la obra de Borges permite apreciar cómo la literatura dialoga con textos fundacionales, explorando temas universales como la fe, el perdón y la naturaleza del arte.
