1976 en perspectiva global: tensiones de ayer, dilemas de hoy

Hay aniversarios que invitan a mirar hacia atrás. Y hay otros que, además, obligan a mirar alrededor. A 50 años del 24 de marzo de 1976, ambas dimensiones se superponen. Porque, sin caer en analogías simplistas, es difícil no percibir ciertas resonancias entre el mundo en el que ocurrió aquel golpe de Estado y el escenario internacional que hoy habitamos.

No se trata de afirmar que la historia se repite. Los actores son distintos, las escalas han cambiado y las condiciones estructurales no son las mismas. Pero sí es posible advertir una suerte de eco en algunos de los ejes que organizaban aquel orden global y que, con otras formas, vuelven a aparecer en el presente.

En 1976, el sistema internacional estaba estructurado por la competencia entre dos superpotencias. Hoy, esa lógica de rivalidad estratégica reaparece, aunque con protagonistas diferentes: Estados Unidos y China. No es una reedición de la Guerra Fría, pero sí una disputa que ordena decisiones, alinea actores y condiciona márgenes de autonomía.

En aquellos años, la seguridad ocupaba el centro de la agenda global. La amenaza nuclear, los conflictos indirectos y las doctrinas de defensa impregnaban la política internacional. Hoy, aunque los retos han mutado, la dimensión estratégica vuelve a ganar peso: proliferación de conflictos regionales, tensiones en torno a nuevas tecnologías, creciente militarización entre potencias y un renovado riesgo nuclear lo confirman. También entonces el orden económico mostraba signos de fatiga. La crisis del petróleo sacudía a las economías occidentales, generando inflación, recesión e incertidumbre. Hoy, las disrupciones energéticas, las disputas comerciales y las reconfiguraciones de las cadenas globales de valor vuelven a poner en cuestión la estabilidad del sistema.

Estados Unidos, en los años setenta, atravesaba una profunda crisis interna, marcada por la guerra de Vietnam y la desconfianza hacia sus instituciones. Hoy, la polarización política, las tensiones sociales y las disputas internas reflejan, de otro modo, una fractura profunda que impacta en su proyección internacional.

En América Latina, la década del setenta estuvo signada por la expansión de regímenes autoritarios en un contexto de fuerte presión externa. Hoy, sin que exista una dinámica equivalente, la región vuelve a ser objeto de disputa entre potencias, en un escenario donde resurgen debates sobre influencia, alineamiento y márgenes de autonomía

Incluso los conceptos parecen encontrar nuevos nombres para viejos dilemas. Lo que entonces se denominaba “Tercer Mundo”, hoy se presenta como “Sur Global”. Las discusiones sobre dependencia y desarrollo reaparecen bajo la forma de debates sobre inserción en un mundo fragmentado. Y la histórica Doctrina Monroe encuentra ecos contemporáneos en intentos renovados de reafirmar áreas de influencia.

En ese marco, la Argentina vuelve a enfrentarse a preguntas que, con matices, remiten a las de aquel tiempo: ¿cómo posicionarse en un sistema internacional en transición?, ¿qué grado de autonomía es posible?, ¿cómo evitar quedar atrapados en precarias lógicas de alineamiento automático?

La experiencia de 1976 muestra que esas decisiones no se toman en abstracto. Están condicionadas por el contexto global, pero también por la fortaleza -o debilidad- de las estructuras internas. Cuando el sistema político se fragmenta, cuando la economía se vuelve inestable y cuando faltan consensos básicos, el margen de acción externa se reduce drásticamente.

Ese es, quizás, el punto de contacto más relevante entre aquel ayer y este presente. No en la repetición de los hechos, sino en la persistencia de los dilemas.

El golpe de Estado de 1976 fue, entre muchas otras cosas, una ruptura que redefinió la manera en que la Argentina se vinculaba con el mundo. Lo hizo en un contexto internacional que ofrecía incentivos, presiones y modelos. Pero también en un escenario interno atravesado por divisiones profundas.

Hoy, en un mundo nuevamente tensionado, el desafío es distinto, pero la pregunta de fondo permanece abierta: ¿estamos reproduciendo viejos patrones?, ¿hemos incorporado las lecciones de aquel tiempo?, ¿qué decisiones podríamos encarar de manera diferente?

El 24 de marzo, a medio siglo de distancia, ya no se agota en la memoria. También interpela. Interpela sobre la forma en que la Argentina se inserta en el mundo, sobre el lugar que aspira a ocupar y sobre el peso relativo de los condicionamientos externos frente a las propias debilidades internas.

Volver sobre 1976 desde la dimensión internacional no relativiza la tragedia. Permite, en cambio, comprender mejor los condicione de aquel sistema de toma de decisiones. Y, sobre todo, evidencia que la política exterior no es un terreno distante ni exclusivamente técnico: sus efectos atraviesan la economía, la estabilidad política, la seguridad y la vida cotidiana.

Las orientaciones internacionales, los vínculos que se priorizan, los acuerdos que se firman, los alineamientos que se adoptan terminan proyectándose sobre la realidad interna. Por eso, cuando no existen acuerdos básicos sobre cómo relacionarse con el mundo, la política exterior pierde consistencia, se vuelve errática y termina expuesta a los vaivenes de la coyuntura.

En un escenario global que vuelve a reconfigurarse con tensiones crecientes entre potencias, con disputas sobre autonomía y alineamiento, con dilemas persistentes entre seguridad y derecho, esa enseñanza adquiere renovada importancia.

El desafío, entonces, no es únicamente conmemorar, sino extraer aprendizajes. Pensar la política exterior como una construcción colectiva, sostenida en el tiempo, abierta al debate y capaz de trascender coyunturas.

Porque la forma en que un país se vincula con el mundo no puede depender exclusivamente de gobiernos de turno. Requiere acuerdos más amplios, continuidad y participación.

Recordar es necesario. Reflexionar, también. Pero construir consensos duraderos es, con seguridad, la tarea más urgente.

Ese sigue siendo, cincuenta años después, el verdadero desafío.

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