El 7 de abril de 1853, la reina Victoria de Inglaterra dio a luz al príncipe Leopoldo con la asistencia del doctor John Snow, quien aplicó cloroformo para aliviar el dolor de las contracciones. El hecho ocurrió en un contexto en el que el uso de anestesia en el parto era objeto de debate entre médicos y autoridades religiosas.
El 7 de abril de 1853, la reina Victoria de Inglaterra dio a luz a su octavo hijo, el príncipe Leopoldo, en el Palacio de Buckingham. Para el parto, se aplicó por primera vez cloroformo como anestésico, según consta en registros históricos.
La reina Victoria reinó entre 1837 y 1901 y tuvo nueve hijos. Según un artículo de The New York Times, pasó 16 años de su vida adulta entre embarazos y períodos de lactancia. La monarca había manifestado su rechazo al dolor del parto en declaraciones a una de sus hijas, a quien le dijo que parir era “una violencia total respecto de nuestro sentido de la dignidad”.
A mediados del siglo XIX, el uso de anestesia en el parto era cuestionado por sectores médicos y religiosos. Un obstetra estadounidense, Charles Meigs, sostenía que no se podían detener “las fuerzas naturales y fisiológicas que la Divinidad nos había ordenado, para disfrutar o para sufrir”. En tanto, el obstetra escocés James Young Simpson, que había experimentado con cloroformo, argumentaba que en el Génesis Dios hizo caer en un profundo sueño a Adán antes de extraerle una costilla.
El príncipe Alberto, esposo de Victoria, contactó al médico inglés John Snow para que asistiera a la reina en el parto. Snow había apoyado el uso de cloroformo. Según testimonios de la época, el galeno se sorprendió al encontrar a la soberana “en un estado idéntico al de la más sencilla de las mujeres”.
Durante el trabajo de parto, Snow vertió gotas de cloroformo en un pañuelo que acercaba a la nariz de la reina en cada contracción. El proceso duró aproximadamente 53 minutos y culminó con el nacimiento de Leopoldo sin complicaciones. En sus notas, Snow escribió: “Su Majestad expresó gran alivio tras la administración, ya que los dolores durante las contracciones uterinas fueron leves”.
El nacimiento se difundió por el reino y el método se conoció como “cloroformo a la reina”. En 1857, Victoria dio a luz a su novena hija, la princesa Beatriz, también con la asistencia de Snow. Tanto Leopoldo como Beatriz padecían hemofilia, según otra información citada.
El cloroformo fue desechado tiempo después como método anestésico debido a que podía provocar arritmias y otros males cardíacos, pero su uso fue fundamental en los primeros tiempos de la evolución de la anestesia.
