El columnista analiza cómo la presidencia de Donald Trump podría debilitar los valores liberales y la relación transatlántica, poniendo en jaque la civilización occidental.
Desde la distancia cultural que separa a Europa de Estados Unidos, la figura de Donald Trump aparece como una síntesis de lo que muchos consideran ‘americanadas’: excesos, bravuconerías y un discurso que desafía las normas establecidas. Sin embargo, más allá de la anécdota, el análisis de fondo advierte sobre un peligro real para el orden liberal.
Trump, según la visión del autor, no representa la tosquedad juvenil de una nación en ascenso, sino los delirios de una potencia envejecida y temerosa. Su estilo mesiánico y su desprecio por instituciones como el Congreso, la Corte o la prensa marcan una involución que amenaza con convertir a Estados Unidos en una potencia iliberal.
El texto subraya que la esencia del liberalismo radica en el poder limitado, principio que los Padres Fundadores estadounidense supieron encarnar. La pretensión de ejercer el poder sin límites, atribuida a Trump, podría arrasar con los valores que hicieron grande a esa nación y, por extensión, a la civilización occidental.
La relación entre Europa y Estados Unidos, que alguna vez se nutrió de intercambios culturales y políticos, corre el riesgo de volverse incomunicación o incluso confrontación. La religiosidad fundamentalista que impregna la política estadounidense choca con una Europa que, tras siglos de conflictos, aprendió a separar la fe del gobierno.
El artículo concluye que, si bien la retórica trumpista apela a una promesa de salvación y destino manifiesto, ese tipo de utopías providencialistas suelen desgastarse con el tiempo. La historia muestra que ningún profeta conserva su aura sagrada al ejercer el gobierno, y que el equilibrio entre ambos lados del Atlántico es cada vez más frágil.
