Según informes de la NOAA, existe una posibilidad de que se desarrolle una versión severa de El Niño en el país, pero los especialistas advierten que aún no hay certezas y que falta un mes para tener definiciones más claras.
Todavía no hay certezas. De acuerdo con expertos consultados, esa frase debe quedarnos grabada a la hora de pensar en una posible versión extrema de El Niño en Argentina. Informes recientes de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos indican probabilidades de que esto suceda, pero los especialistas piden cautela, ya que falta al menos un mes para tener definiciones contundentes.
Las consecuencias, en caso de que ocurra, podrían incluir lluvias intensas, sudestadas y tormentas extremas. Varios gobiernos provinciales argentinos e inversionistas internacionales siguen de cerca los nuevos informes, y algunos ya adoptan medidas preventivas. La última vez que se registró una variante extrema de El Niño en el país fue en 1997, cuando lluvias en dos días superaron los niveles esperados para un mes, campos santafesinos quedaron inundados y barrios porteños como Palermo estuvieron bajo el agua.
Los modelos actuales han ajustado la intensidad del fenómeno a valores más razonables tras una corrección importante. El «hype» surge en gran medida de interpretaciones incorrectas, no de la dinámica del sistema. En aquel entonces, los efectos del cambio climático no eran tan graves como ahora, por lo que no se superponían a fenómenos como El Niño o La Niña. Por eso, según analistas y científicos, los impactos sociales y económicos podrían ser mayores, especialmente en Argentina, cuya producción depende de la actividad agropecuaria.
Pedro Di Nezio, meteorólogo argentino y especialista en El Niño, señaló que, de desencadenarse esta situación, gobiernos y población deberían revisar las medidas de prevención. No obstante, transmitió dos mensajes: todavía hay tiempo para reaccionar y aún no hay certezas de que ocurra. Tanto él como otros meteorólogos indican que los modelos actuales son imprecisos y que podría tratarse de una falsa alarma. «Todavía estamos en una etapa de bastante incertidumbre», destacó.
Según Di Nezio, hasta mediados de junio no se podrá tener seguridad. La NOAA estima actualmente poco más de un 20% de probabilidad de una versión extrema de El Niño, y una probabilidad mayor de que sea débil, moderada o fuerte. El propio instituto advierte que la mayor probabilidad de ocurrencia no implica automáticamente lluvias más intensas. De darse la versión severa, los primeros síntomas se reflejarían en poco más de un mes y podrían escalar hasta un pico en diciembre.
El fenómeno de El Niño, a diferencia de La Niña, dura solo unos meses con gran intensidad. Surge de la interacción entre el viento y el océano. Los vientos alisios, que corren en zonas tropicales cercanas al Ecuador, suelen fluctuar en abril. «Son cambios impredecibles y aleatorios. Normalmente corren de este a oeste, pero este año se debilitan. Estas fluctuaciones duran un mes, y cada una va calentando un poco más el océano por debajo de la superficie», explicó Di Nezio.
Para que se produzca El Niño, deben ocurrir dos o tres fluctuaciones como esta, de modo que el calor acumulado surja a la atmósfera en junio. Esto genera un efecto de bucle: el calor del océano debilita los vientos, que a su vez calientan el agua y la atmósfera. Cuanto más caliente esté la atmósfera, más humedad y energía puede contener. En Argentina, esto significa más tormentas, más vientos y más riesgo de inundaciones.
Según análisis internacionales, una de estas fluctuaciones ocurrió en abril pasado y fue muy fuerte. «Esto coincidió con dos ciclones a ambos lados del continente, a la altura del Ecuador, que calentaron mucho el océano. Pero todavía debemos esperar a que suceda en mayo para que esa alza de temperatura se acerque al punto de no retorno», agregó el experto.
Di Nezio señaló que en el último mes hubo un gran caudal de desinformación sobre el posible súper El Niño, lo que generó preocupación en el campo argentino y en gobiernos municipales y provinciales. «Mucho tiene que ver con cómo se concebía antes a este fenómeno. Se pensaba que era completamente pendular y predecible, pero no lo es», concluyó.
