El secreto de los estanques no está en el diseño sino en la ubicación de las plantas

Tener un estanque en el jardín va más allá de la decoración: implica incorporar un ecosistema vivo. Expertos explican que el factor clave para su éxito es la correcta zonificación de las especies acuáticas.

Tener un estanque o cualquier espejo de agua en el jardín es mucho más que sumar un elemento decorativo: es incorporar vida, movimiento y equilibrio a un espacio cotidiano. El agua, en su presencia serena y constante, transforma el entorno y modifica la forma en que se habita el jardín, convirtiéndolo en un refugio natural donde la calma se vuelve protagonista. Pero el éxito de un estanque no depende únicamente de su diseño o de la calidad del agua, sino de un factor mucho más determinante y, a menudo, subestimado: el sitio de plantación de cada especie.

Consultamos a los expertos en jardines acuáticos Ezequiel Juárez y Javier Tarillo Egner, del vivero Naturalia, quienes explican lo que hay que saber antes de elegir las plantas. Cada grupo de plantas responde a una lógica ecológica precisa, y respetar esas necesidades no es opcional, es imprescindible. Un estanque exitoso no se logra simplemente acumulando especies atractivas, sino entendiendo profundamente dónde y cómo debe implantarse cada una. Cuando se respeta la zonificación, el sistema no solo funciona mejor, sino que se vuelve más estable, más resiliente y, sobre todo, mucho más armónico desde el punto de vista visual y biológico.

El primer grupo lo conforman las plantas palustres de ZONA 1, aquellas que, en la naturaleza, viven en los márgenes más externos del cuerpo de agua. Estas especies no toleran permanecer sumergidas de forma constante. Su condición ideal es tener lo que comúnmente se denomina “pies mojados”: raíces en sustratos húmedos o directamente en barro saturado, pero con la base de la planta o cuello siempre fuera del agua. Pueden soportar inundaciones parciales o incluso quedar completamente sumergidas, pero solo por períodos muy breves.

Avanzando hacia el interior del estanque, encontramos las plantas de ZONA 2, también palustres, pero con una mayor tolerancia al agua permanente. En este caso, lo ideal es que el nivel del agua cubra el cuello de la planta entre 1 y 5 cm aproximadamente. Esta delgada lámina de agua genera un microambiente perfecto: mantiene la humedad constante, estabiliza la temperatura y permite un correcto intercambio gaseoso sin comprometer la salud de los tejidos. Son especies que comienzan a integrarse más activamente al ecosistema acuático, participando tanto en la absorción de nutrientes como en la estructuración visual de las orillas.

Más hacia el centro se ubican las palustres de ZONA 3, que ya pueden considerarse plenamente adaptadas a la vida sumergida en su base. Estas plantas toleran vivir con el cuello permanentemente bajo el agua, en profundidades que pueden oscilar aproximadamente entre los 10 y los 40 cm. Aquí el entorno es más estable, con menor variación térmica y mayor disponibilidad de agua, lo que favorece un crecimiento más sostenido. Estas especies cumplen un rol fundamental en la transición entre las zonas marginales y las áreas más profundas del estanque, funcionando muchas veces como filtros naturales al absorber grandes cantidades de nutrientes disueltos.

Por otro lado, existe un grupo completamente distinto en su comportamiento: las plantas flotantes. En este caso, toda la estructura de la planta se encuentra en suspensión sobre la superficie del agua. No existe anclaje al sustrato; su sistema radicular cuelga libremente en la columna de agua, absorbiendo directamente los nutrientes disueltos. Esta característica las convierte en herramientas extremadamente eficientes para el control de algas, ya que compiten de manera directa por los recursos disponibles. Además, generan sombra sobre el espejo de agua, reduciendo la incidencia solar y ayudando a estabilizar la temperatura.

En contraste, encontramos las flotantes arraigadas, en las cuales el comportamiento cambia de manera significativa. Estas plantas sí poseen un sistema radicular anclado al fondo del estanque o al sustrato de una maceta, pero desarrollan hojas que flotan en la superficie. Este tipo de crecimiento combina lo mejor de ambos mundos: una fuerte absorción de nutrientes desde el sustrato y una cobertura superficial que regula la luz. Dentro de este grupo, se destacan las flotantes arraigadas gigantes, cuyo funcionamiento es exactamente el mismo, pero con una diferencia notable: su tamaño. Estas especies desarrollan hojas de dimensiones extraordinarias, generando un impacto visual contundente y una gran capacidad de sombreado, lo que influye directamente en el equilibrio del ecosistema.

Finalmente, no se puede dejar de lado a las plantas oxigenadoras, quizás las menos vistosas desde el punto de vista ornamental, pero absolutamente esenciales desde lo funcional. Estas plantas viven completamente sumergidas: tallos, hojas y raíces se desarrollan bajo el agua. Su importancia radica en su capacidad de liberar oxígeno durante la fotosíntesis. Este oxígeno se manifiesta en forma de microburbujas que ascienden hacia la superficie. Sin embargo, una parte significativa queda disuelta en el agua, incrementando los niveles de oxigenación. Este proceso es fundamental para mantener la salud del ecosistema acuático.

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