El piloto argentino Franco Colapinto recorrió las calles de Palermo en un Alpine de Fórmula 1, generando una multitudinaria convocatoria que transformó el barrio porteño en un escenario similar al de Montecarlo.
El domingo, la parroquia Santa Elena, ubicada en la calle Seguí, paralela a Avenida del Libertador, debió interrumpir brevemente la misa de las 12:30 debido al rugido de un motor V8. Franco Colapinto, piloto de Alpine, revolucionó la vida en Palermo durante estos días de abril.
Entre vallas, agentes de tránsito y personal de seguridad, los vecinos de la exclusiva zona pasaron del fastidio a la resignación y, cerca del mediodía, al disfrute. Familias y amigos se reunieron en balcones para observar el auto de Fórmula 1, mientras otros seguían el evento desde la vereda, comiendo empanadas frente al Monumento de los Españoles.
Dos señoras protestaban por no poder llevar a su perro al Bosque; los runners debieron recalcular sus pasos. «Nunca viví una cosa así, qué locura…», comentó una jubilada que andaba en bicicleta entre el gentío. Las organizadoras explicaban con paciencia cómo moverse durante su turno de doce horas.
Del lado verde de Libertador, en la zona gratuita, decenas de miles buscaban una buena ubicación. La madrugada fue caótica: las colas se extendieron por casi diez cuadras. Hubo algunos incidentes con personas que intentaron colarse, pero a las 8 de la mañana se abrieron los ingresos y la tensión disminuyó.
El público, similar al de carreras de Turismo Carretera, lucía gorras de McLaren, Mercedes y Ferrari, así como camisetas de Williams y Alpine. Un joven con gorra amarilla y campera rosada parecía salido de un aviso de Mercado Libre, y una señora con los colores de Boca mostraba sus dos pasiones. No había choripán ni parrillas, sino food trucks. Un vendedor de chipá fue controlado por autoridades de la Ciudad y entregó su mercadería a la gente.
Del otro lado de la avenida, la zona residencial era más calma y exclusiva. Un alquiler cuesta 3.000 dólares y las expensas alcanzan siete cifras. Murallones separaban a residentes de foráneos; era necesario mostrar el DNI con la dirección para pasar. Los residentes recibían visitas con paquetes de comida, pizzas, sushi y helado. Se sentía como un día de camping en las alturas, con banderas argentinas y de Boca.
En las confiterías, los clientes habituales sonreían, conscientes de vivir una ocasión histórica. «Fue un quilombo estos días pero valió la pena», dijo uno. El clima acompañó: camperas de pluma, gorros de paja y anteojos negros fueron tendencia bajo el sol. La gente aplaudió el himno, interpretado por Pato Sardelli de Airbag, y una locutora repitió que Buenos Aires es «la ciudad más linda del mundo».
Tras la última pasada de Colapinto, cuando comenzó a refrescar y la música se detuvo, las campanas de Santa Elena volvieron a sonar. Fue el final de un día inolvidable.
