Iryna y Serhiy se casaron el 26 de abril de 1986, horas después de la explosión del reactor 4. Cuatro décadas después, el relato de aquella jornada entre la celebración y la tragedia.
Era poco después de medianoche. Iryna Stetsenko había terminado de arreglarse las uñas para su boda, abrió la puerta del balcón y luchaba contra los nervios para conciliar el sueño. En un departamento cercano, repleto de invitados, su prometido, Serhiy Lobanov, dormía en un colchón en la cocina.
De repente “un estruendo” rompió la tranquilidad, cuenta Iryna. “Era como si muchos aviones sobrevolaran la zona; todo vibraba y los cristales de las ventanas temblaban”, relata. Serhiy dijo que “sintió un temblor, como si pasara una ola”, se preguntó si se trataba de un terremoto leve y volvió a dormirse.
La joven maestra en prácticas de 19 años y el ingeniero de la central eléctrica, de 25, esperaban con ilusión su vida de casados en la recién construida ciudad soviética de Pripyat. No tenían ni idea de que el peor accidente nuclear de la historia se estaba desarrollando a menos de cuatro kilómetros de distancia.
El reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, en lo que hoy es el norte de Ucrania, explotó, liberando material radiactivo que se esparció por amplias zonas de Europa. Cuarenta años después, los restos altamente radiactivos de la central se encuentran en una zona de guerra. La pareja vive ahora en Berlín (Alemania), tras haber dejado atrás sus vidas por segunda vez, esta vez para escapar de un conflicto, no de un desastre nuclear.
Pero la mañana del 26 de abril de 1986, Serhiy recuerda haberse despertado sobre las seis de la mañana, lleno de emoción, y haber descubierto que el día de su boda había amanecido con un sol radiante. El novio tenía que hacer algunos recados: llevar la ropa de cama al departamento de un amigo donde él e Iryna planeaban pasar la noche, y comprar unas flores. Pero vio a soldados con máscaras antigás en el exterior y hombres limpiando la calle con una solución espumosa.
Algunos compañeros de trabajo de la central nuclear le comentaron que los habían llamado con urgencia porque “algo había ocurrido”, pero desconocían qué. Desde el apartamento de su amigo, en un rascacielos, vio humo que salía del reactor cuatro. Más tarde se supo que los bomberos y los trabajadores de la central eléctrica habían pasado la noche exponiéndose a dosis letales de radiación para combatir un enorme incendio tóxico.
Aprovechando su entrenamiento, tomó un trozo de tela, lo humedeció y lo colocó en la entrada del apartamento como medida de precaución para contener el polvo radiactivo, añade. Luego corrió al mercado. Estaba inusualmente vacío para un sábado por la mañana. Escogió cinco tulipanes para el ramo y se marchó.
Iryna, que se alojaba con su madre en el apartamento familiar, cuenta que el teléfono no dejó de sonar durante la noche. Su madre parecía “alarmada”, dice, porque los vecinos llamaban para decirle que había ocurrido “algo terrible”. Pero ninguno daba muchos detalles. La información estaba estrictamente controlada en la Unión Soviética. Encendieron la radio, pero no mencionaban ningún incidente. Por la mañana, su madre llamó a las autoridades: “Le dijeron que no se preocupara, que todos los eventos programados en la ciudad debían seguir adelante”.
Oficialmente, todo transcurrió con normalidad. Los niños fueron al colegio. Más tarde, los novios y sus invitados se dirigieron en fila india al Palacio de la Cultura, conocido por albergar tanto ceremonias como discotecas populares. Intercambiaron sus votos sobre una tela bordada con sus nombres y luego se dirigieron con sus invitados a una cafetería cercana. Pero el banquete de bodas se sintió “triste”, no festivo, reconoce Serhiy. “Todos entendieron que algo había sucedido, pero nadie sabía los detalles”, agrega.
Para su primer baile, habían ensayado un vals tradicional. Pero al darse cuenta de que se avecinaba una tragedia, “desde los primeros pasos perdimos el ritmo”, recuerda Iryna. “Simplemente nos abrazamos y nos movimos en el abrazo”, rememora. Luego, exhaustos pero finalmente marido y mujer, regresaron al apartamento de un amigo. Pero en la madrugada del domingo, otro amigo llamó a la puerta y les dijo que corrieran a tomar un tren de evacuación que saldría a las 5 de la mañana, narra Serhiy.
La única ropa de repuesto que Iryna llevaba consigo era un vestido ligero para el segundo día de las celebraciones, así que se volvió a poner su vestido de novia para regresar rápidamente al apartamento de su madre a cambiarse. Además, los zapatos le habían provocado ampollas. “Llevaba un vestido de novia y corría descalza por los charcos”, dice Iryna. Todavía estaba oscuro cuando vieron el resplandor del reactor colapsado desde el tren. “Era como mirar al ojo de un volcán”, dice Serhiy.
El anuncio oficial, cuando llegó, describía la evacuación como “temporal”. “Nos fuimos por tres días, pero al final nos quedamos para siempre”, añade. La Unión Soviética fue duramente criticada por su lentitud al revelar la magnitud del desastre. Solo dos días después de la explosión -tras detectarse radiación en Suecia- reconoció que había ocurrido un accidente.
