La reforma laboral, que obtuvo media sanción esta semana en el Senado, se propone transformar drásticamente el escenario de las relaciones laborales que se mantienen inalterables desde hace varias décadas en la Argentina. Haber avanzado en este proyecto de ley representa una contundente victoria para el Gobierno. Porque aunque gran parte del arco político coincidía en la necesidad de introducir algunas modificaciones, cualquier intento de avanzar, siquiera en el debate sobre un posible cambio, generaba estupor entre los representantes del peronismo, del progresismo y de la izquierda. Javier Milei se benefició de esa inacción.
El oficialismo aprovechó el status quo, en parte, porque asume que incluso entre un importante sector de los trabajadores se observa un consenso en favor de un nuevo escenario para las relaciones laborales. Aquel voto Rappi que acompañó a Milei en las elecciones presidenciales, es ahora el que parece apoyar la ley que deberá tratarse en Diputados. Son los trabajadores informales o directamente los que están desempleados los que interpretan que las reformas permitirán mejorar su condición, con la promesa de acelerar futuras cotrataciones.
La consultora Casa Tres, de la socióloga Mora Jozami, graficó esta semana la sorpresiva tendencia en cifras que así lo demuestran. Los trabajadores son quienes más respaldan la reforma laboral, con un 46% de imagen positiva del proyecto de ley. Es curioso: en medio de una fuerte reducción del empleo —según el propio Ministerio de Capital Humano se perdieron 300 mil puestos desde que asumió Milei—, y a pesar de la pérdida de derechos que asumirán los trabajadores con la sanción de la nueva legislación, el oficialismo logró hilvanar el relato de un futuro mejor.
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¿Por qué sectores de la clase trabajadora argentina apoyan la reforma laboral de Milei? Para explicar este paradójico fenómeno, que ha sorprendido a gran parte de la dirigencia política, pero también a un importante sector de las organizaciones gremiales y de las cámaras empresariales, es interesante reparar en una triada de nuevos paradigmas teóricos elaborados por intelectuales que vienen analizando la siempre compleja relación que se establece entre los sectores populares y las reformas del orden liberal. Nos referimos a Guy Standing y el “precariado”, a Thomas Frank y el “resentimiento” y a Albert Hirschman y la “salida”.
El oficialismo logró hilvanar un relato que promete un futuro mejor.
El británico Standing describe la fragmentación del trabajo que se vienen evidenciando en los últimos años y el consecuente surgimiento de una nueva clase social emergente: el precariado. Miembro de la Academia de Ciencias Sociales del Reino Unido, fundador de la Red Global de Renta Básica y docente de la Universidad de Londres, este economista especializado en mercado del trabajo sostiene que las nuevas condiciones que impone el ecosistema de la industria digital construye relaciones laborales diferentes a las conocidas, por lo que que se ha conformado un distinto tipo de trabajador a partir del surgimiento de empleos inestables, fragmentados y sin protección social.
Por otra parte, el estadounidense Frank ha mostrado que las decisiones colectivas de los trabajadores no siempre responden a intereses económicos concretos, sino a narrativas imaginarias arraigadas en la cultura popular. Por ejemplo, el resentimiento hacia las elites políticas que son percibidas como “castas privilegiadas” que se retroalimentan de un proceso corrupto en connivencia con instituciones sindicales que no defienden a la “gente común”. Doctorado en Historia, en sus ensayos Frank explora el devenir de las “guerras culturales” en la vida política y el impacto que genera el cada vez más creciente rechazo que se manifiesta, sobre todo entre los trabajadores jóvenes, frente las asociaciones gremiales tradicionales.
Mientras que el alemán Albert Hirschman propuso una nueva forma de repensar la trayectoria de los sectores trabajadores. Frente al deterioro de condiciones o vías conocidas de participación (voice), los individuos pueden optar por mantenerse en la lealtad (loyalty) o cambiar la estrategia o el liderazgo a través de una elección de salida (exit). Docente de Harvard, Yale y Columbia, Hirschman sostuvo que tras años de crisis económicas recurrentes, inflación crónica y frustración reiterada con políticas erróneas del pasado, parte de la clase trabajadora actual puede haber agotado la confianza en las formas habituales de hacer política laboral, optando por una “salida” hacia propuestas rupturistas.
El precariado, de menor vínculo con empleos formales y sindicatos tradicionales, encuentra en la reforma laboral una potencial apertura frente a mercados laborales rígidos e ineficientes. A eso se suma el surgimiento de narrativas de resentimiento cultural y rechazo a elites y corporativismos, que permiten la irrupción de discursos antisistema que conectan con expectativas de cambio. Y, por último, el agotamiento de canales tradicionales de participación, que lleva a muchos trabajadores a optar por una salida disruptiva.
Se trata de un peligroso caldo de cultivo que, otra vez, se constituye en aliciente político para el outsider que rechaza a la política. Incluso si propone una reforma laboral que poco tiene para ofrecer a la clase trabajadora, la clase trabajadora brinda su apoyo porque las respuestas que ha recibido hasta el momento han fracasado. Y, en ese contexto, Milei profundiza su camino hacia lo desconocido.
